Tercera Revolución Industrial: la Revolución Digital
La fábrica no se digitalizó con los ordenadores de las oficinas. Se digitalizó con dos máquinas que casi nadie nombra. Yo me pasé cuatro años programando una de ellas.
La Tercera Revolución Industrial —la Revolución Digital— es el salto de lo analógico a lo digital, entre finales de los cincuenta y el final del siglo XX. Debajo están el transistor (1947) y el microprocesador (1971). Pero en tu nave se concretó en dos máquinas: el PLC y el robot industrial.
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Es la revolución que automatizó la producción. Ahora bien, fíjate en qué automatizó exactamente. Ahí está toda la diferencia con lo que viene después.
Del transistor al suelo de la nave
El transistor sembró la semilla: electrónica pequeña, barata y fiable. Con el microprocesador llegaron los ordenadores, las telecomunicaciones y al final internet.
Pero en la industria eso se tradujo en algo muy concreto y muy poco glamuroso.
Antes del PLC, cambiar la lógica de una máquina significaba rehacer el cableado de un armario de relés. A mano. Con el PLC bastaba con reprogramar. Y el robot industrial se quedó con lo repetitivo, lo pesado y lo peligroso, con una precisión que ningún operario puede sostener ocho horas seguidas — porque somos personas, no husillos.
| Invento | Década | Qué resolvió en la fábrica |
|---|---|---|
| Transistor | 1947 | electrónica pequeña, barata y fiable |
| PLC | 1968 | cambiar la lógica sin recablear |
| Robot industrial | 1961-70 | repetición precisa y constante |
| Microprocesador | 1971 | control y cálculo en el propio equipo |
| Redes e internet | 1990s | conectar máquinas, plantas y empresas |
¿El pero?
Que esa automatización es determinista. La máquina ejecuta a la perfección lo que alguien escribió antes. Perfecta mientras las condiciones no se muevan.
Lo que no sabe hacer es plantarse ante lo que nadie previó. Un defecto que no está en la lista. Una materia prima que hoy viene distinta. Una situación que pide criterio. Todo eso siguió siendo humano. Y siguió siendo tu cuello de botella.
El puente a 2026
Aquí empieza mi historia, así que te la cuento.
Finales de los noventa, yo con veintipocos años, en Keraben, un grupo cerámico de Castellón. Durante cuatro años desarrollé prácticamente solo los sistemas de software industrial de seis o siete fábricas. Metí las manos en la molturación de esmaltes con su química, en las prensas con su inventario de moldes, en los hornos con sus termopares y sus curvas de temperatura, en la clasificación con el tono y el calibre.
O sea: yo soy hijo de esta revolución. La programé.
Y por eso sé exactamente dónde está su techo. El PLC ejecuta reglas escritas de antemano. Un sistema de IA industrial aprende de lo que ve pasar por la línea y reconoce lo que nadie tipificó. En una panificadora con la que trabajamos, la IA no repasa una lista de defectos: mira cada pieza cinco veces por segundo y avisa de que dos van demasiado juntas y se van a pegar en el horno.
Eso no cabe en un PLC. Y no es por falta de potencia. Es que nadie sabía que había que programarlo.
La Industria 4.0 conectó tus máquinas. Lo que viene ahora es que además entiendan lo que está pasando dentro de ellas.